Lo que pasó aquella mañana en Sagunto 23
La pared cayó hacia dentro, sobre dos mesas de corte y una guillotina antigua de 340 kilos.
Separaba el taller de encuadernación de Paco Ferrer del patio de un edificio de viviendas, y llevaba décadas en pie sin que nadie la mirara. La guillotina aguantó el golpe; las mesas no. Paco Ferrer, que tiene 61 años y lleva 32 en el oficio, estaba en la acera comprando el pan porque la panadería de la esquina abre a las 8:30 y él desayuna a las 8:40 desde que era aprendiz, una costumbre que mantiene aunque los aprendices cambien y aunque la barra cueste ya 1,20 euros, y por eso se salvó.
Los bomberos del parque de Sagunto llegaron en seis minutos. La policía local cortó el tráfico entre la avenida de los Hermanos Machado y la calle de San Vicente Mártir. En el patio había tres personas: un aprendiz de 19 años llamado Iván Sanchís, la administrativa del taller de al lado, Rosa Climent, y un repartidor de la empresa de mensajería que tiene la nave del fondo. Iván Sanchís salió con un corte en el brazo que necesitó siete puntos en el Hospital Clínico. Los otros dos salieron por su pie.
El informe técnico del Ayuntamiento de Valencia, fechado el 27 de marzo, atribuyó el derrumbe a humedad filtrada durante años por una bajante mal reparada en 2011 y a un anclaje de la pared que nunca se revisó.
No hubo sanción para la propiedad, porque la propiedad había encargado dos inspecciones técnicas, en 2019 y en 2023, que no detectaron la bajante. El técnico que firmó la de 2019 ya no ejerce; la de 2023 la firmó una empresa de Torrent que cobró 480 euros por el informe. Once personas de tres negocios se quedaron sin acceso a sus locales durante nueve días. La encuadernación de Paco Ferrer perdió dos encargos grandes: 1.400 carpetas para una notaría de la calle del Pintor Sorolla y 600 cuadernos para una academia de inglés de Russafa. No hubo indemnización, porque el seguro del edificio cubría daños estructurales pero no el lucro cesante de los arrendatarios.
Un local con una pared que no se toca
Escuderozyra S.L. tiene su sala de ensayo y grabación en la Travesía de Aragón 81, a 1,8 kilómetros del taller de Sagunto. David Pérez, que lleva el almacén, fue uno de los que estuvo en la calle aquella mañana, porque su hermano trabaja en la mensajería del fondo del patio.
Al volver al local hizo algo que no había hecho en once años: recorrer la nave con una linterna y mirar cada pared. Encontró tres cosas. Una mancha de humedad de unos 40 centímetros en la pared medianera con el taller de chapa de al lado. Un anclaje de una estantería metálica que sujetaba 180 kilos de cables y soportes. Y una bajante de la cubierta que vertía justo encima de la caja donde se guardan los amplificadores de válvulas, los más caros del local.
Ninguna era una pared de carga.
Las tres se podían arreglar en una semana. La nave de la Travesía de Aragón 81 tiene 214 metros cuadrados, está en planta baja y comparte estructura con dos talleres: uno de chapa y pintura y otro de carpintería de aluminio, lo que significa que Escuderozyra no puede tocar la estructura, ni la cubierta, ni la bajante, y solo puede tocar lo que está dentro de su perímetro alquilado. María Domínguez, que lleva presupuestos, lo explica con una frase que repite a menudo: aquí somos inquilinos de todo lo que pesa.
La respuesta llegó en abril. El propietario de la nave, una sociedad patrimonial de la calle Colón, autorizó por escrito la reparación de la bajante siempre que la hiciera un fontanero de su lista. El fontanero cobró 310 euros y tardó dos días. La mancha se secó, se rascó y se pintó. El anclaje se sustituyó por dos anclajes químicos y una pletina de acero de 78 euros. En total, 388 euros y nueve días de trabajo intermitente, siempre por la mañana antes de abrir.
Lo que cambió en la sala de ensayo
Desde mayo hay una regla nueva que no está escrita en ningún cartel pero que todos los músicos conocen. Antes de colgar cualquier cosa de una pared, se pregunta a David Pérez.
Parece una tontería.
No lo es: en 2026 han pasado por la sala 47 grupos distintos, y algunos llegan con pantallas de proyección, espejos o paneles acústicos de 25 kilos que pretenden atornillar donde les parece, sin medir nada y sin preguntar. La sala cobra 14 euros la hora de ensayo y 22 euros la hora con técnico.
El cambio más visible está en el almacén. Laura Hernández, que lleva recepción, hizo en junio un inventario con peso: cada estante tiene ahora una etiqueta con los kilos máximos y una fecha de revisión. El estante de los soportes de micro aguanta 60 kilos y se revisa cada seis meses. El de los cables, 120. El de las cajas de batería, 200. La revisión de junio encontró dos estantes con tornillos flojos y uno con una tuerca partida. Se apretaron y se cambiaron en una mañana.
También cambió la forma de contratar el alquiler de instrumentos. Escuderozyra alquila amplificadores, baterías, teclados y guitarras, y hasta mayo cualquiera podía llevarse un amplificador de 30 kilos sin más que firmar un papel. Ahora se firma lo mismo, pero con una foto del estado del equipo y una comprobación de que el cliente tiene dónde meterlo. No es desconfianza. Es que un amplificador de válvulas que se cae de un quinto piso sin ascensor en el barrio de Benimaclet no vuelve a sonar igual, y reponerlo cuesta 640 euros.
La sala no ha dejado de funcionar en ningún momento. En estos meses se han grabado maquetas de grupos de la zona, desde un trío de jazz de Russafa hasta una banda de metal de Torrefiel, y se han hecho ensayos generales para conciertos en la sala Repvblicca y en el Matisse. El trabajo sigue igual. Lo que no sigue igual es la lista de comprobaciones de la apertura, que pasó de cuatro líneas a catorce.
Los talleres del barrio miran sus paredes
El derrumbe de Sagunto 23 no salió en los periódicos grandes. Salió en el boca a boca de los talleres, que es más eficaz. En mayo, la asociación de comerciantes de la zona de Aragón organizó una charla en el centro cívico de la calle del Doctor Zamenhof. Vinieron 23 personas.
La mitad eran dueños de talleres pequeños; la otra mitad, arrendatarios de naves industriales viejas. Un aparejador de Burjassot explicó lo básico: qué es una pared de carga, cómo se ve una humedad que viene de arriba, por qué una bajante mal reparada puede tardar quince años en hacer daño.
De esa charla salieron dos cosas concretas. La primera, un grupo de WhatsApp con 31 participantes que comparten nombres de fontaneros, cerrajeros y técnicos que facturan y no desaparecen. La segunda, una campaña de inspección voluntaria entre siete talleres de la zona, coordinada por la propia asociación. Cada taller puso entre 150 y 400 euros para que un técnico revisara cubierta, bajantes y anclajes. De los siete, cuatro tenían problemas menores y uno tenía un problema serio: una viga de madera con carcoma activa en un taller de restauración de muebles de la calle de Sagunto, a 200 metros del derrumbe.
Ese taller se llama Talleres Bertomeu, lleva desde 1988 en el mismo bajo y lo llevan dos hermanos, Amparo y Vicente Bertomeu.
La viga se trató en junio y costó 1.150 euros, más 300 de andamio. Amparo Bertomeu dice que si no llega a ser por la charla no habrían mirado nunca hacia arriba. Tienen razón para no haberlo hecho: en 38 años nadie les había dicho que debían revisar la estructura de un local que no es suyo. La propiedad de la mayoría de esas naves está en manos de sociedades pequeñas, muchas heredadas, que cobran rentas de entre 600 y 1.100 euros al mes por locales de 150 a 250 metros cuadrados. Ninguna tiene obligación legal de inspeccionar más allá de lo que exige la normativa municipal, que en Valencia se limita a los edificios de más de 50 años con inspección técnica periódica. Las naves industriales de planta baja con cubierta ligera quedan fuera de ese circuito. Eso lo saben los arrendatarios. También saben que reclamar una revisión puede costarles la renovación del contrato.
Escuderozyra sigue en la Travesía de Aragón 81
La sala abre de lunes a viernes de 9:30 a 14:00 y de 16:00 a 19:00, y los sábados con cita previa. El teléfono es el 96 3984442 y el correo [email protected]. La web es escuderozyra.digital.
Trabajan aquí tres personas y ninguna más: David Pérez en almacén, Laura Hernández en recepción y María Domínguez en presupuestos. La empresa funciona desde 2015 y no ha cambiado de dirección ni de actividad.
Lo que ha cambiado no se ve desde la calle. Hay una carpeta azul en recepción con las fichas de revisión de cada estante, cada anclaje y cada equipo de alquiler. Hay un protocolo de aviso al propietario cuando se detecta una humedad, con foto y fecha. Y hay una costumbre nueva: cuando alguien entra a ensayar y cuelga la chaqueta de un gancho, David Pérez mira el gancho. No es manía. Es que en marzo vio caer una pared de carga de 14 metros y desde entonces sabe que las cosas pesan.